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10 octubre 2012

Ascensos y descensos en la historia

Víctor Flores Olea - La Jornada

Uno de los puntos finos de Eric Hobsbawm como historiador fue siempre la descripción de la historia en sus ondulaciones, por más leves que éstas fueran. A pesar de su innegable coherencia ideológica –yo diría, precisamente por ella–, jamás tendió Hobsbawm a encontrar las causas del movimiento de la historia a una mecánica de lucha de clases, que no aceptaba que operara de manera exclusiva, sino siempre combinada con otros factores de circunstancia que la modelaban en ocasiones con fuerza. En una palabra: el historiador y analista Hobsbawm prefería contemplar la historia como un conjunto pleno de matices en vez de considerarla como un robot de una sola pieza, como una maquinaria incapaz de variar y modular

Hoy en cualquier lugar del mundo en que se formule la pregunta se nos dirá que vivimos, al menos desde 1990, en un tremendo flujo de presiones de la derecha, que a primera vista no dejan espacio alguno para la expresión de la izquierda o de las izquierdas, y que este ascenso contundente de la derecha, casi en todas partes, se percibe como una corriente que no sólo se consolida, sino que tiende a persistir, a quedarse, con toda la apariencia de lo inamovible.

Y resulta que, en efecto, digamos la correlación de fuerzas que prevalece en la mayor parte de este mundo hoy llamado globalizado, parece favorecer contundentemente a la derecha (vía los instrumentos que ha puesto en movimiento: el neoliberalismo económico, con sus liquidaciones de todas las economías que no sean plenamente de libre mercado, con su endiosamiento entonces del mercado llamado "libre" y de las privatizaciones como fundamento de toda economía posible, con sus dramáticas reducciones de la inversión orientada al bienestar social, con una reducción también privatizadora de la educación, la salud y otros servicios públicos fundamentales y, resumiendo, con un aparato financiero en perpetua expansión que busca (y encuentra) los modos de explotar y acumular más aún.

Tiempo de ascenso de la derecha "global" y sin equilibrios, salvo excepcionalmente, en que la izquierda conserva algunas barreras de resistencia. Aludiendo otra vez a Hobsbawm, en estos tiempos de economía globalizada la derecha y la extrema derecha se han apoderado de la ola ascendente de la historia y no parece fácil que pierdan la oportunidad. Al contrario, todo indicaría que tienen los recursos y la decisión de seguir imponiendo su perspectiva e intereses, aun cuando en otro sentido hayan originado un mundo altamente deshumanizado, antiético y pleno de miserias, en toda la extensión de la palabra.

Una enorme e implacable fábrica de pobres en que el mundo se encuentra tajantemente dividido entre quienes lo tienen todo y quienes carecen de lo más necesario. Mundo de extremos entre la abundancia ilimitada y la miseria insultante, y lo que es peor aún: con la decisión irrevocable de no permitir ningún cambio que pudiera mejorar y hacer mínimamente tolerable el mundo de la pobreza acrecentada.

Por supuesto, la cuestión no termina ahí, porque la fábrica de pobres que es el capitalismo actual es un sistema que también envilece a los más ricos que pierden todo sentido de los valores éticos y, en el fondo, viven como miserables adinerados, incapaces de pensar en las necesidades "del otro" y "de los otros" y que sólo consideran su propio beneficio.

La cuestión es que esta violenta división social desarticula al conjunto de la comunidad en muchos de sus aspectos. Desde luego en el político, reduciendo a la democracia a su mínima expresión, convirtiéndola también en instrumento de dominio y explotación. El ejemplo mexicano de las últimas elecciones, al menos desde 1988, nos muestra la manera en que el dominio político complementa el dominio económico y lo hace su pareja de control. Por supuesto, igualmente las divisiones sociales extremas tienden también a desbaratar la cohesión y las potencial unidad de los conjuntos, propiciando enfrentamientos y tensiones que pueden ser finales o casi. Es decir, las extremas divisiones sociales favorecen las pugnas y enfrentamientos y hacen mucho más difícil el entendimiento. Es decir, son ya una expresión de la lucha de clases y en ocasiones su culminación; en definitiva, son ya la lucha de clases materializada.

Claro que la división de clases y su confrontación tiene igualmente tremendas implicaciones culturales. Muchas veces, por supuesto, los ricos de la sociedad, con acceso a medios educativos e informativos más vastos, acaparan cultura y formación refinada, pero no siempre, por su misma condición privilegiada, la capacidad crítica para poner en tela de juicio su mismo papel social. En ocasiones, son los menos favorecidos socialmente quienes son capaces de ejercer la crítica más aguda sobre la estructura social, sacando a luz la raíz de la división de clases y los mecanismos de la explotación, que equivale a revelar los mecanismos de dominio y acumulación de privilegios en que siempre ha consistido el sistema capitalista.

Y no sólo eso, sino que son capaces de imaginar los caminos de la transformación social necesaria (y revolucionaria) para acercarnos a una sociedad más justa y equilibrada. Las revoluciones de toda índole se han gestado casi siempre en las mentes de los menos favorecidos, con excepción tal vez de la revolución (y revoluciones del siglo XVIII) en que participaron también integrantes de la alta burguesía y hasta integrantes de la aristocracia, iluminados precisamente del Siglo de las Luces.

Ascenso actual de la derecha pero provisional y lejos de la permanencia, lo cual indica que la izquierda volverá a tener grandes oportunidades históricas, a reserva de que sea capaz de difundir ampliamente sus objetivos, a través de una suerte de revolución cultural capaz de educar, convencer y movilizar a su favor. Como ha ocurrido ahora en buena parte de América del Sur, a pesar de que es un tiempo de la derecha. Pero esto es lo que nos enseña Hobsbawm con su aguda observación de la historia: que ésta asciende y desciende inevitablemente.

09 octubre 2012

El relevo


León Bendesky - La Jornada

El gobierno que está por terminar está pasando la estafeta al nuevo que comenzará el próximo diciembre. El relevo se está haciendo con mucha eficacia y a toda velocidad; es casi de precisión olímpica. El Congreso recién instalado no se dilató en procesar los cambios a la ley laboral y ya se prepara para modificar también el régimen de operación de Pemex. Allana el camino para la siguiente administración y obsequia algo a la que termina. Aún faltan las medidas fiscales.

Las formas de gobernar y de legislar, a pesar de su presteza –o por ella misma–, están sustentadas en el mismo principio del ejercicio político que la muy cacareada pero ya desvirtuada alternancia partidista en el poder no cambió de forma alguna que sea relevante para la mayoría de la gente.

Los argumentos que de modo explícito sustentan las significativas modificaciones al régimen laboral, que están por validarse en la mancuerna del Senado, sostienen que se creará más empleo y se aumentará la productividad.

Estas son, ciertamente, dos cuestiones clave en esta economía donde prolifera la ocupación informal, la subocupación, y los bajos niveles de ingreso. Son, también, elementos esenciales para sustentar un crecimiento mayor y sostenido del producto, mismo que se ha vuelto crónicamente bajo y vulnerable desde hace ya tres décadas.

Pero no se consideró siquiera necesario ofrecer un sustento técnico o un razonamiento armado de manera coherente sobre tales supuestos que se han presentado, más bien, como un asunto doctrinario. Los legisladores no tienen que explicar nada a quienes los eligieron de modo directo y mucho menos en el caso de los plurinominales.

La nuevas formas de contratación que se admiten en la alterada ley no afianzan un mercado laboral más robusto y equitativo y, en cambio, tienden a crear mayor precariedad del trabajo. Tampoco implican que los niveles del ingreso salarial se eleven junto con la muy baja productividad general del sistema económico.

La carga del cambio legal en materia laboral se impone sobre los trabajadores. No hay correlato alguno con las condiciones que enmarcan a la inversión productiva, así como con la enorme concentración de la propiedad y la riqueza, o sea, las grandes restricciones a la competencia que definen a la economía mexicana.

La efectiva expansión del producto, del aumento de la productividad y la creación de más empleos, bien remunerados y con prestaciones sociales se basa en la inversión. En este modo de producción se trata de capital y trabajo. El esquema propuesto en la ley apunta, en cambio, a un aumento de la rentabilidad del capital sin que entren en la mira aquellos otros componentes.

De la reordenación de los sindicatos y la participación de los trabajadores que limite el poder de los líderes y aclare el uso de los recursos, que en algunos casos son multimillonarios, ni se quiere hablar en realidad. Seguirán siendo cotos de poder y control. Esa es una forma tramposa de defender los derechos laborales y constriñe el alcance de cualquier "reforma".

Una situación similar se vislumbra para el caso de Pemex. En esa empresa pública nadie cree nunca conveniente siquiera presentar las propuestas de modo claro y convincente, sustentados en evidencias y premisas claras que conduzcan a las conclusiones ofrecidas. Al igual que en el caso laboral, la industria petrolera se maneja de manera doctrinaria, como ocurre con todo el sector energético. Y se hace con muy poca transparencia, si acaso.

Se puede tratar de la exploración, la producción o la comercialización, puede ser acerca de las coinversiones con otras empresas o los contratos con astilleros españoles. Ni el mismo consejo de administración parece enterarse de lo que ocurre, ni mucho menos rinde cuentas de su gestión, y las contradicciones entre los funcionarios son patentes y ñoñas.

Se trata, nada más, de la empresa que genera una tercera parte del ingreso del gobierno y que administra una riqueza natural de mucha relevancia y que es, formalmente todavía, propiedad de la nación. Plantear organizar a Pemex de modo similar al de Petrobras sin considerar abiertamente el anacronismo institucional en el que está el país es, cuando menos, asombroso si no es que cándido. Sobre todo en el caso de la industria petrolera.

Todo esto indica que se refuerza el modelo de gestión político-económico del que supuestamente habría de estarse alejando el país. El discurso político y las políticas públicas impuestas desde 1982 y sobre todo desde 1988, ya se han cumplido a cabalidad. El problema es que ya no resisten más la confrontación con la realidad.

La tasa de crecimiento no podrá aumentar porque la base de operación sistémica no se altera y, en cambio, se recrean los modos más conservadores de la gestión social. Se pretende con los cambios que se están haciendo darle la vuelta a una crisis estructural, pero así no se puede. Las contradicciones sólo se van a agravar.

Así como funciona la economía y como está conformado su entorno social; así con el magro crecimiento promedio del producto desde hace mucho tiempo; así con una distribución del ingreso muy desigual, es suficiente para generar una alta rentabilidad en los sectores que están fuertemente concentrados. Es, pues, incongruente, pensar que el mercado interno será la base de una expansión renovada y sostenible del producto y del ingreso que vaya en verdad más allá de la generación de grandes rentas económicas.

01 octubre 2009

Termino el sueño


Después de que le dijeron que no se la creyera, escucho el canto de las sirenas y se la creyó.

Después de que vio el tamaño de los tiburones y las mordidas que le podían dar, ya no le gusto y dejo de creer.

Ni modo estas cosas solo pasan en México, solo le queda creer en la selección de fútbol y ojala que no lo defraude.

Aaanimó