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08 diciembre 2012

Capitalismo y Fracaso


Adrián Carmona - Rebelión

Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor.
Samuel Beckett [1]

Escuchando a los apologetas del capitalismo, tan habituales en nuestros tiempos, podría parecer que el capitalismo no admite el fracaso per se. Por otra parte, ante dicha pureza inmaculada e incorruptible del statu quo suele anteponerse con frecuencia [2] el supuesto fallo irrefutable no sólo de experiencias que se denominaban comunistas o socialistas sino de la misma idea de igualdad. En nuestra sociedad ultraconsensual [3], que celebró con grandes faustos la desaparición de la experiencia soviética como el certificado de defunción de cualquier intento de metarelato, la idea de igualdad y el ánimo de transformación social no representan sino la pantalla fantasmagórica de su \emph{verdad}, un núcleo totalitario que tarde o temprano terminará generando monstruos como los que alegremente son descritos por la prensa liberal [4]. La crainte des masses, el miedo a un supuesto exceso democrático, es el pilar fundamental del pensamiento conservador [5]. Ante ello, solo nos queda la gestión de lo posible, la aritmética parlamentaria, la “despolitización” de la política, la gobernanza, el gobierno de los técnicos, … diques de contención ante la pretendida pulsión violenta e irracional de la mayoría.

10 noviembre 2012

Autodestrucción sistémica global, insurgencias y utopías

Jorge Beinstein - Bolpress


El fatalismo global abandona su máscara optimista neoliberal de otros tiempos y va asumiendo un pesimismo no menos avasallador. En el pasado los medios de comunicación nos explicaban que nada era posible hacer ante un planeta capitalista cada día más próspero (aunque plagado de crueldades), solo nos quedaba la posibilidad de adaptarnos, una ruidosa masa de expertos avalaban las grandes consignas con argumentos científicos irrefutables. A eso se le llamó discurso único, aparecía como un formidable instrumento ideológico y prometía acompañarnos durante varios siglos aunque duro unas pocas décadas y se esfumó en menos de un lustro.

15 octubre 2012

El problema es que los ricos no pagan impuestos

Xavier Caño Tamayo - CCS


El neoliberalismo pretende que subir impuestos es malo, porque reduce la demanda y tampoco es bueno aumentar impuestos a los ricos. Dicen. Pero ambos mitos son falsos. Los ricos pagan pocos impuestos y aún quieren pagar menos.

“Individuos con altísimo valor neto” son quienes poseen activos superiores a 30 millones de dólares. Según Dean Baker, hay 187.380 de ellos en el mundo y que tengan más de un millón y menos de 30, unos cuantos millones. ¿Cuán llenas no estarían las arcas públicas si los ricos, más ricos y muy ricos del mundo pagaran lo que han de pagar?

Pero Margaret Thatcher y Ronald Reagan establecieron la bajada de impuestos a ricos, muy ricos y obscenamente ricos. Incluso presuntos progresistas (el PSOE en España) pretendieron que bajar impuestos era de izquierdas. Atraer dinero devino obsesión de gobiernos, que compiten en rebajar impuestos a los ricos. La crisis ha puesto algo en cuestión esa tendencia, pero poco.

Tras la II Guerra Mundial, el tipo máximo del impuesto sobre la renta en Reino Unido era 95% y, en 1979, aún era 83%. En Estados Unidos, durante veinticinco años hubo un impuesto del 91% para las rentas más altas. En esos años el déficit de Estados Unidos nunca sobrepasó el 3% del PIB. ¿Se imaginan? Pero hoy, los sistemas fiscales favorecen a los ricos y muy ricos. Dogma de fe. Por eso, en los treinta países más desarrollados de la OCDE, el impuesto sobre la renta de personas físicas no trata igual los beneficios del capital que los salarios. Las rentas del capital tributan bastante menos; trabajar y producir paga más impuestos que especular en Bolsa. Sin contar las excepciones, deducciones fiscales y subvenciones estatales que reducen aún más los impuestos a pagar por los ricos (personas y empresas). Y el fraude fiscal.

En España, ese fraude ronda 60.000 millones de euros, de los que casi tres cuartas partes son por evasión de impuestos de grandes empresas, grandes fortunas y bancos. Según técnicos de Hacienda, de recuperarse solo la mitad del fraude fiscal, España tendría un PIB superior al de Italia e igual al de Reino Unido. En Italia se pierden anualmente 152.000 millones de dólares por evasión de impuestos. Hace unos meses, la policía fiscal italiana irrumpió en centros de vacaciones de lujo para buscar pruebas de evasión fiscal. Descubrieron más de cuarenta automóviles de super-lujo de más de 250.000 dólares de precio, propiedad de sujetos que declaraban ingresos inferiores a 25.000 dólares anuales.

Herramientas para pagar menos impuestos son las sociedades de inversión de capital variable (Sicav) que en España solo pagan un 1% por ganancia de valor. Luego hay fundaciones, utilizadas para ocultar grandes fortunas, que pueden constituirse en paraísos fiscales sin pagar y garantizando el anonimato de sus propietarios. Las sociedades patrimoniales, por su parte, sirven para no pagar impuestos de plusvalía por revalorización de inmuebles. Fingir otra residencia también permite evadir impuestos: se simula vivir en otro país con impuestos bajos y no se pagan en el propio; famosos deportistas y estrellas del espectáculo utilizan ese tipo de fraude.

Pero nada sería posible sin paraísos fiscales: finalmente el dinero evadido se oculta y blanquea en ellos. Y no hay que viajar al Caribe. En España, Luis Pardo, fiscal anti-corrupción, denunciaba que hay paraísos fiscales en el paseo de la Castellana, porque los grandes bancos tienen sus sedes en esa amplia avenida de Madrid y desde ellas sus clientes ricos pueden desviar dinero a los estados de cartón-piedra que son los paraísos fiscales, donde no hay impuestos y se ocultan, mueven y blanquean libre e impunemente capitales y beneficios en el más absoluto anonimato.

Lo cierto es que los brutales recortes de gasto público obligatorios en Europa por imposición del FMI, Banco Central Europeo y Comisión Europea son consecuencia de que los ricos paguen menos o defrauden desde hace décadas. En Alemania, las bajadas tributarias a quienes más tienen, iniciadas por el gobierno Schroeder y continuadas por Merkel, significan una reducción anual de 75.000 millones de euros en los ingresos estatales.

El verdadero problema es que quienes más tienen pagan pocos impuestos. O ninguno. Legalmente (por la servidumbre de los gobiernos) o defraudando. Y, mientras los ricos no paguen los impuestos que deben y haya fraude fiscal, no habrá suficiente dinero público, los estados necesitarán endeudarse, pero la impuesta austeridad fiscal conducirá al desastre. Es imprescindible luchar contra el fraude de grandes fortunas, grandes empresas y contra los paraísos fiscales.

11 octubre 2012

El análisis de la crisis y la lucha política

Alejandro Nadal - La Jornada

La necesidad de interpretar la crisis responde a un instinto de supervivencia. Es obvio que de su interpretación depende la respuesta de política económica. Pero hay algo más importante: también de su comprensión dependen las estrategias y formas de lucha en contra del neoliberalismo global. Sin un conocimiento claro de sus orígenes y alcances, es muy difícil identificar los objetivos de la lucha política.

Desde que estalló la crisis global en 2007 se han sucedido diversas interpretaciones sobre su génesis y su naturaleza. Casi todos los esfuerzos por analizarla se han centrado en el sector financiero. Aquí hay dos grandes corrientes. La primera es la de la derecha neoliberal: la culpa la tiene el gobierno. Las huellas de su negligencia y proclividad al despilfarro se encuentran en una política monetaria poco rigurosa que mantuvo tasas de interés demasiado bajas por muy largo tiempo. Para el caso de Estados Unidos esta visión pretende ignorar la forma en que la Reserva Federal buscó mantener burbujas en los precios de activos para ayudar a mantener un nivel adecuado de la demanda agregada. La evolución en Europa es distinta, pero en el fondo siempre emerge el gobierno como el gran culpable de una crisis generada en y por el sector privado. La receta de política económica es, por lo tanto, más neoliberalismo (por ejemplo, más flexibilidad en el mercado laboral) y menos gobierno.

Existe una variante de esta línea de análisis: la crisis se genera por una falla regulatoria. El detonador fue el rompimiento de la estructura regulatoria heredada de los años 30. Eso condujo a un excesivo apalancamiento en el sector financiero, tanto en el bancario como en el no bancario. La auto-regulación en el sector financiero llevó también a una absurda dispersión de riesgos a través de la bursatilización, lo que sembró bombas de tiempo en todo el mundo. Los bancos y el sector financiero llevaron al sobrendeudamiento a todo tipo de agentes y con todo tipo de productos. Otra vertiente de este tipo de análisis se relaciona con el sistema monetario internacional y con la capacidad de Estados Unidos para mantener un déficit comercial por tiempo indefinido. La respuesta de política económica consistiría en una más efectiva regulación del sistema financiero.

En realidad, la historia económica de los últimos 80 años demuestra que las raíces de la crisis van mucho más allá del sector financiero. Durante el periodo 1945-1975 la economía mundial mantuvo un fuerte ritmo de crecimiento sostenido. El soporte de ese proceso fue la presencia de una demanda efectiva que mantenía la venta segura de mercancías. A su vez, la demanda efectiva se apoyaba en la evolución favorable de los salarios (éstos siguieron de cerca al crecimiento de la productividad). Por último, el sistema financiero se mantuvo bajo un sistema regulatorio que controlaba la especulación o por lo menos la separaba de la inversión real.

Ese modelo económico se rompió en la década de los años setenta. Primero la tasa de ganancia comenzó a declinar a finales de los años 60. El capital buscó contrarrestar dicha evolución negativa con la reducción de costos laborales, rompiendo así el vínculo entre aumentos de productividad y salarios. En 1973 comienza un largo periodo de estancamiento de los salarios reales. En Estados Unidos el endeudamiento de los hogares permitió sostener el crecimiento de la demanda agregada. El salario dejó de ser la clave de la reproducción de la fuerza de trabajo. El modelo tuvo que mantener constantes procesos cíclicos de inflación en los precios de diversos activos (acciones y títulos de empresas, bienes raíces). Esas burbujas terminaron por reventar. En Europa la secuencia es algo diferente, pero mutatis mutandis el resultado fue una marcada deficiencia en la demanda agregada, desequilibrios internacionales y endeudamiento.

Entre 1971 y 1991 el capital también se desplazó hacia la especulación y forzó la desregulación financiera en todo el mundo. La causa se encuentra en la caída de la tasa de ganancia y en los conflictos de distribución que esto generó.

Las distintas interpretaciones de la crisis son importantes. De ellas depende que se cuestione el modelo neoliberal o sólo una de sus facetas (por ejemplo, la regulación financiera). Es más, de la interpretación de la crisis depende que se cuestione el mismo sistema capitalista que parece recrearse en una larga sucesión de crisis. ¿Hay que buscar una alternativa al neoliberalismo o también al capitalismo? Es evidente que estas preguntas son muy importantes. En México la izquierda electoral o institucional no ha querido ni asomarse a estas interrogantes. En la coyuntura actual eso le ha impedido diseñar una opción alternativa creíble de política económica, lo que acarrea múltiples consecuencias negativas.

Para fijar un derrotero de lucha es indispensable conocer el terreno, dice Sun Tzu en El Arte de la guerra. Habría que añadir que en política lo peor que puede pasar es equivocarse de enemigo.

09 octubre 2012

Neoliberalismo, pobreza y hambre en España



Marcos Roitman Rosenmann - La Jornada



Las 10 de la noche es la hora habitual de cierre de los supermercados. Mientras las cajeras hacen cuentas, otros empleados pasan revista a los productos que deben ser retirados. Alimentos a punto de caducar y aquellos que, por su deterioro, pierden valor de cambio. Dichas piezas no son destruidas: se entregan a instituciones de beneficencia, bancos de alimentos, albergues o comedores populares. Conceptualizadas como donaciones, constituyen una fuente de abastecimiento de ONG. En España esta actividad nunca desapareció, aunque en los años 60 del siglo pasado fue perdiendo peso. Se constituyó en un aspecto residual que afectaba, mayoritariamente, a quienes, voluntariamente, decidían vivir como vagabundos. Visibles para los servicios sociales y entidades caritativas, no representaban un problema social ni político. La imagen tradicional del vagabundo se completaba con alcohólicos, perturbados mentales y una minoría de excluidos. Personas mayores, solitarias, que pernoctaban en albergues municipales. Sin embargo, era infrecuente verlos en las calles o pidiendo limosna. Se ubicaban en las iglesias y en horario de misa. Por caridad cristiana.

A finales del siglo XX, la realidad dio un vuelco. La pobreza urbana no era consecuencia del desajuste estructural de una sociedad que carecía de bienes y servicios o sufría las consecuencias de la migración campo-ciudad. Quienes demandaban servicios sociales de beneficencia eran un sector más heterogéneo. Se incorporaron jóvenes drogadictos, parados de larga duración y una población emigrante, apodada como rumanos gitanos. En los semáforos más congestionados de las grandes ciudades surgían actividades limosneras impensables. Limpiaparabrisas, vendedores de pañuelos, aparcacoches. Más adelante se incorporaron discapacitados físicos, madres con hijos en brazos y menores de edad. A medida que proliferaban, se les achacó ser responsables del aumento de la inseguridad ciudadana. Represión, traslado al extrarradio y cárcel, fue la respuesta. Las Olimpiadas de Barcelona y la Expo Universal de Sevilla en 1992 consagraron la acción represiva. El crecimiento de la marginalidad se definió como un fenómeno pasajero, producto de la inmigración ilegal, de los sin papeles y la drogadicción. En definitiva, pura coyuntura. Ajustar y aplicar leyes restrictivas a la inmigración fue la solución. España era un país pujante, con su economía en crecimiento; no había razón para alarmarse.

Por contraste, los informes socioeconómicos señalaban una realidad diferente. En la última década del siglo XX el paro, la privatización y el cierre de servicios sociales hablaban de un aumento en el número de hogares donde la pobreza crecía y se tornaba crónica. La desigualdad aumentaba, afectando directamente a los hogares cuya renta básica bordaba los límites de la exclusión. Las familias más vulnerables presentaban un cuadro alarmante. Apenas podían hacer frente a las hipotecas. Con sueldos que perdían poder adquisitivo y los efectos de las primeras reformas laborales, se entraba en un callejón sin salida. El neoliberalismo sólo producía desigualdad, pobreza, exclusión y abría la puerta al jinete apocalíptico del hambre. Y lo más sangrante, la pobreza infantil hacía su aparición. El trabajo basura a tiempo parcial agravó la pobreza en las clases populares, y el ingreso de España al euro fue la puntilla. El reajuste generó una inflación encubierta y el nacimiento del sector social llamado mileuristas. Salario insuficiente para cubrir alimentación, vestimenta, casa, educación y ocio. Fue el comienzo del fin de la sociedad de las clases medias y la pauperización de las clases populares.

Para encubrir los resultados de una política de exclusión y miseria se potenció el acceso al crédito como forma de mantener el consumo. El endeudamiento familiar creció exponencialmente. Nadie sin tarjeta de crédito. Se ampliaron los plazos de hipotecas de 20 a 40 años, la burbuja inmobiliaria llegaba a su cenit. El paro se mantenía en límites tolerables, y tan contentos. Las luces rojas llevaban encendidas mucho tiempo, pero los responsables políticos de turno, PP o PSOE, atribuyeron su encendido a un fallo en el tablero de mando. El siglo XXI se inició con un España va bien e irá mejor.

El hambre no estaba en el horizonte. Pocos pensaban en ver decenas de personas acudiendo día tras día a los contenedores de basura para abastecerse y comer aquello que los supermercados consideran imposible reciclar, ni siquiera donar. Me refiero a los lácteos caducados, frutas pasadas, verduras pochas, pan rancio, carnes donde son visibles las familias bacterianas y los pescados malolientes.

Ya no se trata de vagabundos. Los visitantes habituales de los contenedores son padres de familia que han perdido el empleo, la casa, jubilados con pensiones escuálidas e inmigrantes que han perdido todo. Algunos viven en albergues, otros en sus coches y algunos en las plazas y bajo los puentes. Ahora bien, dado que no es de buen gusto ver a ciudadanos despojados de sus derechos acudir a surtirse en la basura y proyectan una mala imagen, algunos ayuntamiento han tomado cartas en el asunto. Girona, gobernado por CiU, ha puesto en funcionamiento una norma que obliga a los supermercados a cerrar con candado sus contenedores, para evitar que sean asaltados, y de paso como medida de sanidad pública. A cambio, con los alimentos caducados sus servicios sociales harán un cesta de urgencia para muertos de hambre.

El asalto a supermercados en Andalucía se extiende por España. Hay hambre, no hay empleo y el trabajo precario no es la solución. Las acciones del Sindicato Andaluz de Trabajadores, del cual el alcalde de Marinaleda, Juan Manuel Sánchez Gordillo, es afiliado, apropiándose de comida para repartirla entre familias que no pueden hacer frente a la alimentación de sus hijos, pone el problema en la agenda política y enfatiza la hipocresía de una elite política que pide la inhabilitación, juicio y cárcel para Sanchez Gordillo. Otra vez, matar al mensajero. ¿No sería mejor tomar nota y cambiar de política?

Son las 10 y media de la noche, los contenedores de basura de los supermercados son trasportados de los hangares a la calle, esperan decenas de personas. Miran con ojos expectantes; en su interior está su única comida del día. De forma ordenada y sin precipitarse, con educación, rebuscan en su interior. El neoliberalismo en España y sus responsables políticos han destapado el hedor de su vergüenza.