La economía de México está dislocada. Crece lento, con desequilibrios graves y una desigualdad en aumento. Prácticamente en todos los sectores se registran severas rupturas, monopolización, insuficiencias y disfuncionalidades propias de un modelo que no ha sabido conjugar una estrategia interna de desarrollo con una inserción racional en la globalidad.
Todos los países industrializados privilegian sus intereses nacionales y sociales ante lo externo. Su apego al libre comercio y la libre inversión termina siempre donde empieza su conveniencia. En materia de alimentos en particular todos protegen, subsidian y apoyan al máximo la producción interna.
Por el contrario, México camina de espaldas a ese principio elemental de seguridad alimentaria, y subordina acelerada y peligrosamente su alimentación al exterior.
De una razonable autosuficiencia alimentaria hace dos décadas, con la apertura y el TLCAN, México pasó en 2011 a importar el 20.5% del frijol que consume, el 36.1 del maíz, el 61.2 del trigo, el 84.6 del arroz, y el 94.2 de la soya (Gráfico 5).