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21 octubre 2012

Bajo la Lupa: Ejecutivo de Wall Street gana $12 millones/hora; obrero mexicano $7/hora: 1.7 millones veces más

Alfredo Jalife - La Jornada


En su estrujante ensayo Chris Hedges, premio Pulitzer, sobre el Colapso de la globalización (ver Bajo la Lupa; 10/10/12), apunta que la finalidad de las trasnacionales no es alimentar, vestir o dar vivienda a las masas, sino desviar todo (sic) el poder económico, social y político y la riqueza en manos de una diminuta élite plutocrática. Es crear un mundo en el que los jerarcas ganen 900 mil dólares la hora (¡súper-sic!), mientras una familia trabajadora de 4 miembros luchen para sobrevivir. La élite plutocrática alcanza sus metas de cada vez mayores ganancias al debilitar y desmantelar las agencias de gobierno y al capturar o destruir las instituciones públicas¡Irrefutable!

El contraste aplastante (¡1.7 millones de veces!) entre los 900 mil dólares por hora (equivalentes a 12 millones de pesos) –que subsume el dominante mundo financierista anglosajón– y los siete pesos por hora de la reforma laboral neoliberal de Felipe Calderón y Jorge Lozano, en colusión con el sector tecnocrático entreguista del PRIAN –que epitomiza la esclavitud económico-mercantil-social de un mundo de neoesclavos de la semiperiferia/periferia sojuzgada por las finanzas globales de la bancocracia de Wall Street y la City– fue motivo de mi ponencia en la conferencia internacional tri-regional –Latinoamérica, Asia y África– de la Copppal (youtube.com/watch?v=JgX u3Yxz87I) para advertir las ominosas vulnerabilidades financieristas de Latinoamérica que pueden descarrilar su impresionante desempeño convencional.

El mundo virtual del ciberespacio financierista controla por lo menos el equivalente de 20 veces toda la economía real de bienes y servicios –sin sus finanzas apalancadas mediante los ominosos derivados financieristas: las bombas financieras de destrucción masiva según Warren Buffett, el Sabio de Omaha. Así las cosas, resulta que el mundo real de bienes y servicios (sin las finanzas apalancadas) representan, con su corolario mercantilista y su explotación masiva laboral cada vez más pauperizada debido a la tripleta deslocalización (outsourcing-automatización-robótica), la plataforma de la vieja economía que sirve a multiplicar las finanzas en forma estratosférica en Wall Street: lo cual se subsume en última instancia en el abismo diferencial entre el salario de un banquero de New York y la miseria laboral del obrero mexicano que invita e incita a la catástrofe de una revuelta global.

14 octubre 2012

Erick Hobsbawm (1917-2012)


Tomás Buch - RIO NEGRO ON LINE

Hace pocos días falleció uno de los más importantes historiadores de nuestra época, a la que estudió mientras la veía transcurrir ante sus ojos. Eric Hobsbawm tenía 95 años y nunca sabrá la respuesta a su última y angustiada pregunta: ¿qué viene ahora?.

Su extraño apellido fue causado por un error burocrático (su verdadero apellido fue Hobsbaum) y fue uno de los más importantes historiadores del siglo XX –tan importante que se perdonó el haber sido marxista toda su vida, consecuente con Marx aunque no con sus autodesignados seguidores–. Sus comienzos fueron los mismos que los de muchos judíos alemanes, aunque haya nacido en Egipto. Se crió en Berlín y en Viena y emigró en 1933, cuando le resultó claro lo que se venía. Fue a Londres, donde estudió, escribió y enseñó. En la Segunda Guerra Mundial le tocó actuar en el Cuerpo de Ingeniería y en tareas de educación; después inició una trayectoria académica exitosa, aunque siempre estuvo al borde porque su declarado comunismo lo señalaba como sospechoso. Estudió en el King's College de Cambridge, en un ámbito en el que habían brillado Keynes, Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein, y a pesar de todas las suspicacias fue nombrado profesor en la London University y escapó de las garras del macartismo, que en Inglaterra fue mucho menos pronunciado que en Estados Unidos. Fue admitido en la Academia Británica y tuvo frecuentes apariciones en universidades estadounidenses.

Su obra es extensa e indispensable para comprender la actualidad, porque se remonta a sus orígenes, a los que él llama "la Revolución Dual", la Industrial en Inglaterra y la política en Francia. Remontándose a ese comienzo de la historia contemporánea, él fue quien habló del largo siglo XIX (entre 1789 y 1913) y del corto siglo XX, que para él comenzaba con la Primera Guerra Mundial y había terminado con el derrumbe del fracasado intento de construir un socialismo, basado en su admirado Marx pero distorsionado por Lenin y transformado en un capitalismo estatal totalitario por Stalin.

Sus obras más conocidas son una trilogía de historia contemporánea formada por "La era de la revolución, 1789 -1848", "La era del capitalismo" y "La era del imperio, 1875-1914" e "Historia del siglo XX", cuyo título en inglés es "La era de los extremos". Una de sus últimas obras fue "Guerra y paz en el siglo XXI", del 2007.

El siglo XXI lo tenía perplejo. Se preguntaba acerca del futuro con gran sinceridad. "¿Qué viene ahora?", se interrogaba hace tan sólo tres años. El socialismo real había fracasado y el capitalismo, deformado por la globalización y lo que, sin temor a exagerar, podríamos llamar la Revolución Financiera, se halla sumido en la peor crisis de su historia –la primera global–, donde la producción ha dejado su lugar dirigente a la especulación financiera y a una loca carrera hacia un "crecimiento". Se ha superado la capacidad de sustentación de la Tierra, a pesar de los 1.500 millones de desnutridos. Este crecimiento agota los recursos naturales, incrementa deliberadamente la agresividad y la insolidaridad –las peores lacras de la humanidad– y destruye la Tierra a velocidad creciente. Tal "crecimiento" alocado y suicida no es contradictorio con el predominio del capitalismo financiero; más bien al contrario. Todo el capitalismo es una huida hacia adelante; si se detiene, se muere: uno de los sensacionales descubrimientos de Marx en lo que fue el mejor tratado de la "anatomía" del capitalismo de su época –justamente aquella que Hobsbawm llama la era del capitalismo–.

No se puede decir que Hobsbawm se haya hecho socialdemócrata en sus últimos años. Pero se imaginaba alguna forma de capitalismo domesticado, que no parece estar en los planes de los promotores de la forma actual del capitalismo, inaugurado en los años 1980 por Ronald Reagan y Margaret Thatcher ("Reaganomics") y que ahora es llevado a extremos absurdos con una distribución de la riqueza cada vez más desigual, un estancamiento del desarrollo humano y la amenaza constante de guerras mortíferas con armas cada vez más complejas, caras y sofisticadas y una vida privada basada, por una parte, en el egoísmo y el individualismo y el peligro de un control como el que, en 1948, describía George Orwell en su "1984". Con el agravante de que el tráfico (legal e ilegal) de armas, el de drogas –que prospera por su ilegalidad– y el de personas son los que mueven las mayores sumas de un dinero cuestionado en su misma esencia.

Con estas líneas he querido rendir un modesto homenaje a uno de los historiadores más lúcidos de nuestra época, y paso el aviso de que su obra principal es fácilmente accesible en castellano y en rústica y está escrita en un estilo tan ágil que se lee como una novela.

10 octubre 2012

Ascensos y descensos en la historia

Víctor Flores Olea - La Jornada

Uno de los puntos finos de Eric Hobsbawm como historiador fue siempre la descripción de la historia en sus ondulaciones, por más leves que éstas fueran. A pesar de su innegable coherencia ideológica –yo diría, precisamente por ella–, jamás tendió Hobsbawm a encontrar las causas del movimiento de la historia a una mecánica de lucha de clases, que no aceptaba que operara de manera exclusiva, sino siempre combinada con otros factores de circunstancia que la modelaban en ocasiones con fuerza. En una palabra: el historiador y analista Hobsbawm prefería contemplar la historia como un conjunto pleno de matices en vez de considerarla como un robot de una sola pieza, como una maquinaria incapaz de variar y modular

Hoy en cualquier lugar del mundo en que se formule la pregunta se nos dirá que vivimos, al menos desde 1990, en un tremendo flujo de presiones de la derecha, que a primera vista no dejan espacio alguno para la expresión de la izquierda o de las izquierdas, y que este ascenso contundente de la derecha, casi en todas partes, se percibe como una corriente que no sólo se consolida, sino que tiende a persistir, a quedarse, con toda la apariencia de lo inamovible.

Y resulta que, en efecto, digamos la correlación de fuerzas que prevalece en la mayor parte de este mundo hoy llamado globalizado, parece favorecer contundentemente a la derecha (vía los instrumentos que ha puesto en movimiento: el neoliberalismo económico, con sus liquidaciones de todas las economías que no sean plenamente de libre mercado, con su endiosamiento entonces del mercado llamado "libre" y de las privatizaciones como fundamento de toda economía posible, con sus dramáticas reducciones de la inversión orientada al bienestar social, con una reducción también privatizadora de la educación, la salud y otros servicios públicos fundamentales y, resumiendo, con un aparato financiero en perpetua expansión que busca (y encuentra) los modos de explotar y acumular más aún.

Tiempo de ascenso de la derecha "global" y sin equilibrios, salvo excepcionalmente, en que la izquierda conserva algunas barreras de resistencia. Aludiendo otra vez a Hobsbawm, en estos tiempos de economía globalizada la derecha y la extrema derecha se han apoderado de la ola ascendente de la historia y no parece fácil que pierdan la oportunidad. Al contrario, todo indicaría que tienen los recursos y la decisión de seguir imponiendo su perspectiva e intereses, aun cuando en otro sentido hayan originado un mundo altamente deshumanizado, antiético y pleno de miserias, en toda la extensión de la palabra.

Una enorme e implacable fábrica de pobres en que el mundo se encuentra tajantemente dividido entre quienes lo tienen todo y quienes carecen de lo más necesario. Mundo de extremos entre la abundancia ilimitada y la miseria insultante, y lo que es peor aún: con la decisión irrevocable de no permitir ningún cambio que pudiera mejorar y hacer mínimamente tolerable el mundo de la pobreza acrecentada.

Por supuesto, la cuestión no termina ahí, porque la fábrica de pobres que es el capitalismo actual es un sistema que también envilece a los más ricos que pierden todo sentido de los valores éticos y, en el fondo, viven como miserables adinerados, incapaces de pensar en las necesidades "del otro" y "de los otros" y que sólo consideran su propio beneficio.

La cuestión es que esta violenta división social desarticula al conjunto de la comunidad en muchos de sus aspectos. Desde luego en el político, reduciendo a la democracia a su mínima expresión, convirtiéndola también en instrumento de dominio y explotación. El ejemplo mexicano de las últimas elecciones, al menos desde 1988, nos muestra la manera en que el dominio político complementa el dominio económico y lo hace su pareja de control. Por supuesto, igualmente las divisiones sociales extremas tienden también a desbaratar la cohesión y las potencial unidad de los conjuntos, propiciando enfrentamientos y tensiones que pueden ser finales o casi. Es decir, las extremas divisiones sociales favorecen las pugnas y enfrentamientos y hacen mucho más difícil el entendimiento. Es decir, son ya una expresión de la lucha de clases y en ocasiones su culminación; en definitiva, son ya la lucha de clases materializada.

Claro que la división de clases y su confrontación tiene igualmente tremendas implicaciones culturales. Muchas veces, por supuesto, los ricos de la sociedad, con acceso a medios educativos e informativos más vastos, acaparan cultura y formación refinada, pero no siempre, por su misma condición privilegiada, la capacidad crítica para poner en tela de juicio su mismo papel social. En ocasiones, son los menos favorecidos socialmente quienes son capaces de ejercer la crítica más aguda sobre la estructura social, sacando a luz la raíz de la división de clases y los mecanismos de la explotación, que equivale a revelar los mecanismos de dominio y acumulación de privilegios en que siempre ha consistido el sistema capitalista.

Y no sólo eso, sino que son capaces de imaginar los caminos de la transformación social necesaria (y revolucionaria) para acercarnos a una sociedad más justa y equilibrada. Las revoluciones de toda índole se han gestado casi siempre en las mentes de los menos favorecidos, con excepción tal vez de la revolución (y revoluciones del siglo XVIII) en que participaron también integrantes de la alta burguesía y hasta integrantes de la aristocracia, iluminados precisamente del Siglo de las Luces.

Ascenso actual de la derecha pero provisional y lejos de la permanencia, lo cual indica que la izquierda volverá a tener grandes oportunidades históricas, a reserva de que sea capaz de difundir ampliamente sus objetivos, a través de una suerte de revolución cultural capaz de educar, convencer y movilizar a su favor. Como ha ocurrido ahora en buena parte de América del Sur, a pesar de que es un tiempo de la derecha. Pero esto es lo que nos enseña Hobsbawm con su aguda observación de la historia: que ésta asciende y desciende inevitablemente.